¡CELEBRAR!

En lo transcurrido de este mes de Julio he sido partícipe de celebraciones de diferente tipo, desde aquellas familiares y hogareñas, pasando por las laborales, las religiosas y hasta las de tipo nacional. Han ocurrido tantos festejos, que nunca en mi vida había compartido la alegría de esta manera en el mismo mes. En algunas celebraciones, festejé la compañia de seres queridos que han estado durante largo tiempo caminando conmigo y la llegada de otros a mi vida con los cuales se inician nuevos rumbos. En otras, para recibir amigos que estuvieron lejos varios meses y que comienzan nuevos e importantes proyectos y compromisos.

Otros festejos muy diferentes, como lo fue el compartir los logros del cierre del primer semestre del año en mi trabajo, acompañados de miradas y sueños por alcanzar. Y otras celebraciones que hacen parte de mi historia, nuestra historia, memorias que permean nuestras costumbres, que me llenan de sentido de pertenencia hacia lo sacro y lo social.

Celebrar la vida en sus diferentes matices, a pesar de los golpes duros que día a día permean la realidad nacional y mundial. Es parte de lo que identifica al hombre, lo que lo inventa, lo transforma y lo llena de esperanza para comprometerse con luchas y batallas con propósitos humanos y trascendentes. 

Celebrar la vida, con un número hecho  de parafina sobre tortas de tres leches, chocolate o vino puestas sobre la mesa, y miles de pensamientos vueltos deseos silenciosos, que se van con el viento en un soplo firme, para apagar la llama de un año vivido e iniciar el canto desentonado de un feliz cumpleaños.

Celebrar el amor, con la inclinación real y caballerezca del enamorado, sosteniendo firmemente su mirada tierna y embriagada, nerviosa y tímida ante su amada, y en su mano un anillo dorado debidamente guardado entre una rosa que se confunde con los ramos rojos y tiernos, presentados en más de una ocasión, como símbolo del amor joven del noviazgo.

Celebrar una meta, con una sorisa ante las cámaras de varios celulares que iluminan intensamente el orgullo y satisfacción de lo festejado y el nombre finamente enmarcado en diplomas y certificados junto a los logros alcanzados y los títulos de obstaculos superados.

Celebrar a un amigo con un abrazo estrecho, una sonrisa rebozando alegría y una invitación de bebidas, brindis y postres entre las cuales surgen anecdotas curiosas, cómicas y esperanzas para compartir.

La celebración es fiesta, es alegría y genera lazos de familia, amistad y amor. El ser humano vive la celebración como una parte importante de su construcción social, emocional y espiritual. Creo que aquél que no celebra lo que vive, no entiende para que vive y deja de vivir.

Por otra parte, es paradógico que algunas celebraciones se realizan en torno a motivos que, ciertamente, no son satisfactorios, como la celebración del conformismo, la guerra, la pereza, el silencio o la soledad. Pues, a pesar de la capacidad para discernir entre aquello que construye, alimenta o forma y aquello que destruye, en ocasiones las celebraciones y festejos tienen matices, intereses y motivos que se contraponen, celebrando aquello que destruye.

¿Qué motiva a celebrar el olvido, la desesperanza o el odio?. En las elecciones presidenciales llevadas a cabo este año, por ejemplo, se evidencia con tristeza, como los insultos, las groserías y el irrespeto hacen parte de la celebración en donde la humillación es el menú del día apetecido por todos los integrantes a este festejo. A pesar de los resultados (espero algún día escribir lo trágico que ha resultado asimilar la posición de varios grupos sociales frente a la situación política deplorable del País) las personas que conviven en grupos con fines conjuntos, familias, colegas y compañeros de trabajo, entre otros, terminaron odiandose por la preferencia a un candidato u otro.

Lo mismo ocurre en las celebraciones deportivas, en donde la violencia al perdedor es parte importante del festejo de quien ganó. A veces, sin importar quién está detrás de la camiseta del equipo contrario.

En fin, los casos son incontables, además del interés de algunas instituciones por sembrar en los grupos lo que llaman "la sana competencia", que conlleva un deseo de celebrar el ganar o alcanzar un objetivo con la deploración y humillación del otro en muchos casos (no son todas las instituciones, pero si aquellas en las que el propósito propio es más importante que el bienestar de los demás). Y con esto no estoy sepultando la posibilidad del triunfo, ya que hace parte de las metas, objetivos y en muchos casos cuando se requiere ante la defensa por lo que es propio y el derecho del otro. Considero que este tipo de celebración aunque necesaria, en ningún caso debe denigrarse a la humillación o el maltrato a los demás.

Tambien resulta paradógico la actitud de otras personas que prefieren no celebrar, tal vez porque no desean hacer parte de aquellos que celebrando, se maltratan a si mismos o a otros. Algunos pensarán que es respetable y válida su decisión por no celebrar, pero existe detrás de esta validez, un aspecto común en varios casos. Estos últimos renuncian con silencio, cambio abrupto de sus actividades, indiferencia o con brusquedad ante una sencilla muestra de felicitación,  festejo o reconocimieto, renuncian tambien a aquello que los caracteriza como humanos. Creo que en nombre de falsas bondades, miedos y ¿por que no? Ignorancia, hacen de sus celebraciones fantasmas lúgubres de los cuales es necesario huir, abandonando con ello su bondad, alegría y esperanza.

Existen tambien otros que no celebran porque simplemente no tienen nada que celebrar, los que han sido despojados de toda opción de triunfo, alegría, objetivos y sueños. Tal vez hagan parte de los humillados por aquellos que celebran dañando a otros o en perjuicio de los demás, o porque son hijos de aquellos que condenan el festejo al olvido y lo enseñan como el mayor de los males. En todo caso estos últimos, al perder la opción del festejo pierden tambien la entrada a un mundo de anhelos y sueños que caracteriza al ser humano. Estos han sido tambien deshumanizados por la ensenanza de los que no anhelan o por las cicatrices de los que hieren.

En un país en el que se cultiva el dolor, la injusticia y la muerte, considero que también cabe la pregunta por la esperanza, la alegría y la celebración. Entre otros, porque celebrando lo que se logra, se recibe, o vive de manera auténtica y constructiva, el hombre se convierte en mensajero y portavoz de la defensa por ese derecho a celebrar, en la esperanza para otros que la dejaron de lado o la tienen raptada.

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